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Merleau-Ponty - "El fantasma de un lenguaje puro" en La prosa del mundo - Seminario de Diseño Gráfico y Publicitario - Cátedra: Savransky

Merleau-Ponty - "El fantasma de un lenguaje puro" en La prosa del mundo - Seminario de Diseño Gráfico y Publicitario - Cátedra: Savransky

Merleau-Ponty: “El fantasma de un lenguaje puro”


“Una rosa; llueve; hace un tiempo hermoso; el hombre es mortal” ® Para nosotros son casos puros de expresión. Nos parece que la expresión alcanza su vértice cuando señala, inequívocamente, acontecimientos, estados de cosas, ideas o relaciones, ya que en estas circunstancias no deja nada que desear, no contiene más de lo que muestra, nos hace deslizarnos hacia el objeto que designa.

No hablamos de cosas ni de ideas más que para alcanzar a alguien. “Expresar”, entonces, no es otra cosa que reemplazar una percepción o una idea (nuestras) por una señal convenida que la anuncia, la evoca o la abrevia. Una lengua tiene la capacidad de señalar algo que nunca se había visto, pero no podría hacerlo si lo nuevo no estuviese hecho de elementos antiguos, elementos ya expresados. La lengua dispone de un cierto número de signos fundamentales, que están arbitrariamente ligados a ciertas significaciones claves; es capaz de recomponer cualquier nueva significación a partir de aquellas, por tanto, de decirlas en el mismo lenguaje; y, finalmente, la expresión expresa porque reduce todas nuestras experiencias al sistema de correspondencias iniciales entre tal signo y tal significación, sistema del que hemos tomado posesión al aprender la lengua. Una lengua es para nosotros un aparato fabuloso, que permite expresar un número indefinido de pensamientos o de cosas con un número finito de signos, que precisamente han sido escogidos de modo tal que sean capaces de reconocer exactamente todo lo nuevo que se puede querer decir y comunicar la evidencia de las primeras designaciones de las cosas.

La lengua contiene el germen de todas las significaciones posibles; todos nuestros pensamientos están destinados a ser dichos por ella.

La lengua es comienzo de ciencia, y el algoritmo es la forma adulta del lenguaje. El algoritmo atribuye a un grupo de signos escogidos un grupo de significaciones definidas a propósito y con toda precisión. Fija además un cierto número de relaciones transparentes; para representarlas, instituye símbolos que por sí mismos no dicen nada, y que por lo tanto no dirán nunca más que lo que se ha convenido hacerles decir. Habiéndose sustraído así a los deslizamientos de sentido que dan origen al error, se halla seguro de poder justificar completamente sus enunciados, recurriendo a las definiciones iniciales. Cuando se trate de expresar con el mismo algoritmo relaciones para las que no está hecho, simplemente se recurrirá a nuevas definiciones, y nuevos símbolos. Pero si el algoritmo desea ser un lenguaje riguroso, será preciso que no haya nada implícito, que el signo siga siendo una simple abreviación de un pensamiento que podría expresarse y justificarse por entero.

La única virtud de la expresión es, por lo tanto, la de reemplazar las alusiones confusas que cada uno de nuestros pensamientos hace a todos los otros mediante actos de significación de los que nos sentimos verdaderamente responsables, ya que nos es conocido su alcance exacto.

El algoritmo, el proyecto de una lengua universal, es la rebelión contra el lenguaje dado. Se busca reconstruir el lenguaje a la medida de la verdad, redefinirlo de acuerdo con el pensamiento de Dios, recomenzar de cero la historia de la palabra. El lenguaje se parece, en cualquier caso, a las cosas y las ideas que expresa, es el doble del Ser, y no se conciben cosas ni ideas que vengan al mundo sin palabras. Sea mítico o inteligible, hay un lugar en el que todo lo que es o va a ser se prepara también para ser dicho.

El que habla o escribe comienza por estar mudo, apuntando hacia lo que quiere significar, hacia lo que va a decir, y de súbito el flujo de las palabras viene en ayuda de ese silencio, y ofrece de él un equivalente tan exacto, tan capaz de devolver al propio escritor su pensamiento una vez que lo haya olvidado, que hay que creer que ya estaba hablando en el revés del mundo.

La lengua es el tesoro de todo lo que se pueda tener que decir, en ella está ya escrita toda nuestra experiencia futura. La expresión y lo expresado intercambian singularmente sus roles y, por una suerte de falso reconocimiento, nos parece que aquella habitaba este desde toda la eternidad.

La gesticulación lingüística no introduce nada en el espíritu del observador: le muestra en silencio cosas cuyo nombre ya sabe, porque él es su nombre. Dejemos de lado el mito de un lenguaje de las cosas, o tomémosle en su forma sublimada, la de una lengua universal que envuelve de antemano todo lo que puede tener que decir, porque sus palabras y su sintaxis reflejan los posibles fundamentales: no hay ningún poder oculto en la palabra. Es un puro signo para una pura significación.


El pensamiento se sabe y se basta; se notifica hacia fuera mediante un mensaje que no le contiene y que no hace más que designárselo sin equívoco a otro pensamiento, capaz de leer el mensaje porque atribuye, por efecto del uso, la misma significación a los mismos signos. En todo caso, jamás encontramos en las palabras de los demás otra cosa que lo que nosotros hemos puesto en ellas, la comunicación es una apariencia, no nos enseña nada verdaderamente nuevo. Así, la noticia de una muerte o una catástrofe no es del todo nueva para mí: sólo me es posible recibirla porque sé de antemano que son posibles las muertes y las catástrofes. Ciertamente, no es esa exactamente la experiencia que los hombres suelen tener del lenguaje, por el contrario, creen sordamente en las secretas virtudes de la comunicación. Pero en cuanto se ponen a reflexionar sobre el lenguaje en vez de vivirlo, dejan de comprender cómo se le podrían conservar sus poderes. Después de todo, comprendo lo que se me dice porque sé de antemano el sentido de las palabras que se me dirigen, y en definitiva, no comprendo más allá de lo que ya sabía. 

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