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Merleau-Ponty - "El mundo de la percepción" - Seminario de Diseño Gráfico y Publicitario - Cátedra: Savransky

EL MUNDO DE LA PERCEPCION. SIETE CONFERENCIAS
Por Maurice Merleau-Ponty

EL MUNDO PERCIBIDO Y EL MUNDO DE LA CIENCIA

El mundo de la percepción es el mundo que nos revelan nuestros sentidos y la vida que hacemos. Parece ser el mundo que mejor conocemos, pero en gran medida es ignorado por nosotros. Uno de los méritos del pensamiento moderno es hacernos redescubrir este mundo donde vivimos, pero que siempre estamos tentados de olvidar.

Se reconoce a la ciencia y a los conocimientos científicos un valor tal que toda nuestra experiencia percibida y vivida del mundo resulta desvalorizada. La ciencia nos hace a acceder a la verdadera naturaleza de las cosas, mientras que los sentidos sólo nos hacen percibir y vivir ilusiones. El progreso del saber consiste en olvidar lo que nos dicen los sentidos consultados, el mundo verdadero no son los colores, los tamaños, las formas, las texturas que se me presentan ante mis ojos, sino las ondas lumínicas y los corpúsculos de los que me habla la ciencia y que se encuentran tras esas fantasía sensibles.
El mundo fenoménico es el mundo que nos revelan nuestros sentidos y la vida que hacemos. El mundo vivido y percibido es desvalorizado por el conocimiento científico, para el cual los sentidos solo nos hacen vivir y percibir ilusiones (apariencia del mundo) Solo es posible conocer mediante la razón o el intelecto, subsumiendo las cualidades sensibles a una esencia y los hechos particulares a leyes explicativas. No es posible considerar a lo fenoménico como una simple apariencia destinada a que la inteligencia científica la supere. La epistemología de Merleau-Ponty abre la puerta a la exploración del mundo vivido y percibido.


Descartes llegó a hablar de la impostura de los sentidos y de lo sensible y llamó a confiar sólo en el intelecto, en la razón. La realidad no se revela solamente a los sentidos porque los sentidos nos ofrecen objetos de tamaño, forma, color, textura y materias determinados, siendo que tales cualidades pueden perderse o desaparecer sin que por ello el objeto en sí, concebido intelectualmente, deje de existir. Entonces, sólo es posible concebir con la inteligencia y no con los sentidos. Cuando yo percibo un objeto, lo que hago es pensar, a través de sus cualidades volátiles, en el objeto en sí, al margen de sus cualidades. La relación de la percepción con la ciencia es la de la apariencia con la realidad. La percepción descubre la apariencia del mundo mientras que el intelecto nos descubre la realidad del mundo.

No se trata de negar o de limitar la ciencia. Se trata de saber si la ciencia ofrece u ofrecerá una representación del mundo que sea completa y acabada, que determine al mundo de una vez y para siempre. Se trata de saber si ella tiene el derecho a negar o excluir como ilusorias todas las búsquedas que no procedan, como ella,  por medidas y comparaciones y que no concluyan con leyes.

Desde fines del siglo XIX, los sabios se acostumbraron a considerar sus leyes y teorías explicatorias ya no como la imagen exacta de lo que ocurre en la naturaleza y en el mundo histórico-social, sino como esquemas más simples que el acontecimiento natural o histórico-social, destinados a ser corregidos como conocimientos aproximados.

Los hechos que nos propone la experiencia están sometidos por la ciencia a un análisis que no podemos esperar que alguna vez concluya, puesto que no hay límites a la observación y porque siempre es posible imaginarla más completa o exacta de lo que es en un momento determinado. Lo concreto y lo sensible (lo fenoménico) asignan a la ciencia una tarea de elucidación interminable.

No es posible considerar a lo fenoménico como una simple apariencia destinada a que la inteligencia científica la supere, porque no la supera nunca, ya que lo fenoménico ofrece a la ciencia un quehacer interminable e indeterminado.
El hecho percibido de la naturaleza y los acontecimientos histórico-sociales percibidos no pueden ser deducidos de cierta cantidad de leyes que compondrían la cara permanente del universo. Es la ley una expresión aproximada del hecho de la naturaleza y del acontecimiento histórico-social y deja subsistir la opacidad de lo fenoménico. El sabio de hoy no tiene ya la ilusión de acceder al objeto mismo, la objetividad absoluta y última es un sueño. Las observaciones están ligadas a la posición del observador, a su situación, ni la razón ni el objeto son puros, sino situados.
Merleau-Ponty combate el dogmatismo de una ciencia que se considera saber absoluto y total y reflejo del mundo vivido y percibido. La epistemología de Merleau-Ponty abre la puerta a la exploración del mundo vivido y percibido.


EXPLORACION DEL MUNDO PERCIBIDO: EL ESPACIO
La ciencia clásica está fundada en una distinción clara entre el espacio y el mundo físico de los objetos percibidos. El espacio es el medio homogéneo donde las cosas están distribuidas según tres dimensiones y donde conservan su identidad a despecho de todos los cambios de lugar.

Para el pensamiento moderno, el espacio y las cosas en el espacio se vuelven rigurosamente imposibles de distinguir. Las partes y dimensiones del espacio son heterogéneas, dejan de ser sustituibles unas por otras y afectan a los cuerpos que en él se desplazan con ciertos cambios.

El arte clásico realiza un esfuerzo infructuoso por recuperar el mundo tal y como lo captamos en la experiencia vivida y percibida a partir de la ley de perspectivas. Bajo la ley de perspectivas, toda representación está dominada por una mirada fijada en el infinito u horizonte. A partir de allí, según el punto que fije, las dimensiones de los objetos son modificadas. En presencia de un paisaje, el pintor clásico pone sobre su tela una representación convencional de lo que ve. Se las arreglará para no hacer figurar más que un acuerdo entre sus diversas visiones. Se esforzará por encontrar un común denominador a todas sus percepciones atribuyendo a cada objeto no el tamaño, los colores y el aspecto que presentan cuando el pintor los mira, sino un tamaño, unos colores y un aspecto convencionales.

No es así como se nos presenta el mundo en el contacto perceptual que tenemos con él, es decir determinado de acuerdo a un único punto de vista o abarcando todos los puntos de vista posibles de una sola vez. A cada momento, mientras nuestra mirada viaja a través del paisaje, estamos sometidos a un punto de vista u horizonte de perspectiva diferente y las instantáneas sucesivas, para cada parte determinada del paisaje, no son superponibles, son consecutivas. En pintura clásica, el pintor sólo logra dominar esa serie de visiones consecutivas que no se dan todas juntas a la misma vez y extrae un solo paisaje eterno a condición de interrumpir el modo natural de la visión.

La pintura contemporánea intenta reproducir el modo de la experiencia perceptiva reproduciendo ya no uno sino diversos puntos de vista, negándose a someterse a la ley de perspectiva, lo que conduce en un principio al espectador desatento a interpretarlo como error de perspectiva para luego tener la sensación de un mundo donde dos objetos jamás son vistos simultáneamente y donde entre las partes del espacio siempre se interpone la duración necesaria para llevar nuestra mirada de una a otra. El ser no está dado sino que muda a través del tiempo. El espacio no es el medio de las cosas simultáneas que podría dominar un observador absoluto sin puntos de vista y sin situación espacio-temporal desde los cuales ve sucesivamente distintos paisajes.

La idea de un espacio homogéneo ofrecido por completo y de una sola vez a un observador absoluto que todo lo abarca a la misma vez es reemplazada por un espacio heterogéneo con direcciones, perspectivas y puntos de vista privilegiados que se encuentran en relación con nuestras particularidades corporales y con nuestra situación de seres arrojados al mundo.


EXPLORACION DEL MUNDO PERCIBIDO: LAS COSAS SENSIBLES
Si interrogamos un manual de psicología clásica, nos dirá que la cosa es un sistema de cualidades o sensaciones ofrecidas a los sentidos y que estas cualidades o sensaciones están reunidas por un acto de síntesis intelectual. Sin embargo, no vemos lo que une cada una de esas cualidades con las otras y a pesar de todo nos parece que la cosa posee la unidad de un ser, todas cuyas cualidades no son sino diferentes manifestaciones.

Las cosas no son simples objetos neutros que contemplamos, cada una de ellas simboliza para nosotros cierta conducta y provoca por nuestra parte reacciones favorables o desfavorables. Los gustos, el carácter, la actitud frente al mundo, se leen en los objetos que el hombre escogió para rodearse. Nuestra relación con las cosas no es una relación distante, cada una de ellas habla a nuestro cuerpo y a nuestra vida (nos interpelan), están revestidas de características humanas y viven en nosotros como otros tantos emblemas de las conductas que queremos o detestamos. El hombre está investido de las cosas y estas están investidas en él.


Exploración del mundo percibido: la animalidad
Cuando se pasa de la ciencia, de la pintura y de la filosofía clásica a la ciencia, la pintura y la filosofía moderna, se asiste a una suerte de despertar del mundo vivido y percibido. Reaprendemos a ver este mundo a nuestro alrededor del que nos habíamos alejado con la convicción de que nuestros sentidos no nos enseñan nada válido y que tan sólo el saber rigurosamente objetivo merece ser considerado.
El pensamiento clásico no da importancia al animal, al niño, al primitivo, ni al loco, persuadidos sus cultores y representantes de que hay un hombre consumado, destinado a ser dueño y poseedor de la naturaleza, capaz de penetrar hasta el ser de las cosas, de constituir un conocimiento soberano, de descifrar todos los fenómenos naturales e histórico-sociales. En algún accidente del cuerpo reside la razón de las anomalías que mantienen al niño, al primitivo, al loco y al animal alejados de la verdad. Ni el mundo del niño, del primitivo, del enfermo y del animal, en la medida en que podemos reconstituirlo a través de su conducta, constituye un sistema coherente. El hombre adulto, sano y civilizado se esfuerza hacia esa coherencia, pero no llega a poseerla. Lo normal no puede cerrarse sobre sí y debe preocuparse por comprender anomalías de las que nunca está exento. Está invitado a examinarse, a redescubrir en sí mismo todo tipo de ensoñaciones, fantasías, conductas mágicas, fenómenos oscuros, que permanecen omnipotentes en su vida privada y pública, en sus relaciones con otros hombres y a reconocer que el mundo de la razón también está inconcluso y que existen lagunas y fisuras en él.


EL HOMBRE VISTO DESDE AFUERA
Los otros hombres jamás son para mí puro espíritu o pura alma, pues sólo los conozco a través de sus miradas, gestos, acciones, palabras, tonos de voz, estado de la piel y de los cabellos, es decir, a través de sus cuerpos. No puedo disociar a alguien de su silueta, de su mirada, de su gestualidad, de sus actos, de sus palabras y acentos. Un otro dista de reducirse a su cuerpo, es ese cuerpo animado de todo tipo de acciones, animadas a su vez por intenciones o propósitos de los que yo me acuerdo y que contribuyen a dibujar para mí su figura moral.

Para nosotros, los demás son espíritus o almas que frecuentan un cuerpo y en la apariencia total de dicho cuerpo nos parece que está contenido un conjunto de posibilidades de las que él es su presencia.

Conozco al otro y el otro me conoce a mi a través del cuerpo y de las manifestaciones corporales (acciones, comportamientos y palabras) animadas a su vez por intenciones o propósitos significativos.

Supongamos que estoy en presencia de alguien encolerizado conmigo ¿Cómo me doy cuenta de su enojo hacia mí? A través de su ira expresada con gritos, malas palabras y gestos violentos, tez enrojecida, cabellos crispados, piel transpirada, ojos inyectados y puños encerrados. A través de su cuerpo y de sus manifestaciones corporales. Si bien se me dirá que la cólera habita en su espíritu o alma, en ese momento no puedo separar a la cólera de su cuerpo. Si intento recordar cómo se aparece la cólera a mí mismo cuando estoy encolerizado, la reflexión sobre mi propia ira no me muestra nada que sea separable o que pueda ser separado de mi cuerpo. Mi ira o enojo contra el otro la encuentro no en mi espíritu o en mi pensamiento, sino en mis gritos, palabras y gestos violentos, tez enrojecida, cabellos crispados, piel transpirada, ojos inyectados y puños encerrados. El enojo se manifiesta en la corporalidad percibida.

La humanidad no es una suma de individuos, una comunidad de pensadores de los cuales cada uno, en su soledad, está seguro de entenderse con los otros porque todos participarían de la misma esencia pensante (Descartes) Tampoco es un solo Ser donde la pluralidad de individuos estaría fundada y destinada a reabsorberse (Kant) Jamás nos sentimos existir sino tras haber tomado ya contacto con los otros y nuestra reflexión sobre nosotros mismos debe mucho a nuestra frecuentación del otro. Es porque el cuerpo del otro en sus diversas manifestaciones se nos aparece como investido de una significación emocional, es por ello que conocemos nuestro espíritu como comportamiento visible y como en la intimidad de nuestro propio espíritu. No hay vida interior que no sea como un primer ensayo de nuestras relaciones con el otro.


EL ARTE Y EL MUNDO PERCIBIDO

La filosofía de la percepción, que quiere re-aprender a ver el mundo, restituirá a la pintura y a las artes su verdadero lugar y su verdadera dignidad, predisponiéndonos a aceptarlos en su pureza. La pintura y el arte vuelven a ubicarnos imperiosamente en presencia del mundo percibido y vivido. Al considerar el mundo de la percepción y de las vivencias aprendimos que en este mundo es imposible separar las cosas en su esencia o en sí y su manera de manifestarse.

Desinteresarse de todos los detalles y accidentes en que se manifiestan las cosas no es percibir sino definir. La significación de las cosas me interesa en la medida en que emerge de todos los detalles y accidentes que encarnan su modalidad presente. La obra de arte es una totalidad donde la significación no es libre sino ligada y cautiva de todos los detalles que me la manifiestan de manera tal que la obra de arte se ve o se entiende y ningún análisis, definición o explicación, por preciso que sea, puede reemplazar la experiencia directa y perceptiva que hago de ella.

Si un cuadro representa objetos y un retrato representa a alguien, entonces el objetivo de la pintura sería la apariencia y su significación estaría por fuera del cuadro, en las cosas que representa, que serían el tema. Pero el arte no sería imitación del mundo para la pintura moderna, sino el mundo mismo. Hasta cuando trabaja sobre objetos reales, el objetivo del pintor jamás es evocar el propio objeto sino fabricar un espectáculo que se baste a sí mismo.

La distinción entre el tema del cuadro y la manera del pintor no es legítima porque en la experiencia estética todo el tema está en la manera en que se constituyen los objetos sobre la tela por el pintor. Lo que se dice y la manera en que se lo dice no pueden existir por separado.

En presencia de un cuadro, no se trata de multiplicar las referencias al tema. Como ocurre en la percepción de las cosas, se trata de contemplar y percibir el cuadro sin razonamiento ni explicación.
La obra de arte cinematográfica es algo que también se percibe. La belleza cinematográfica no es la historia en sí misma, ni las ideas que puede sugerir, ni los procedimientos estilísticos por los cuales el director se hace reconocer. Lo que cuenta es la elección de los episodios representados y de los panoramas que se harán figura, la longitud dada a cada uno de ellos, el orden en que se escoge representarlos, los sonidos o las palabras con que se quiere o no se quiere acompañarlos.

Una novela o poesía lograda no existe como suma de ideas sino a la manera de una cosa sensible y en movimiento que se trata de percibir en su desarrollo, a cuyo ritmo es preciso adaptarse y que deja en el recuerdo no un conjunto de ideas sino el emblema y monograma de sus ideas.

Una obra de arte se percibe. El mundo percibido no es solamente el conjunto de las cosas naturales sino también los cuadros, las películas, las músicas, los libros, es decir, el mundo cultural.



MUNDO CLASICO Y MUNDO MODERNO

Esta conversación tiene como objetivo evaluar el desarrollo del pensamiento moderno como retorno al mundo percibido y vivido, verificado en las ambiciones de la ciencia, la filosofía y el arte modernos y compararlo con las ambiciones del mundo clásico en los mismos órdenes.
Por un lado, tenemos la seguridad de un pensamiento que no tiene dudas de estar consagrado al conocimiento integral de la naturaleza, de la sociedad y de la historia y de eliminar todo misterio del conocimiento de la naturaleza y del hombre.

Por otro lado, en vez de este universo racional abierto a las empresas del conocimiento y de la acción, tenemos un saber y un arte difíciles, llenos de reservas, restricciones y dudas, una representación del mundo que nunca es acabada y que no excluye ni fisuras ni lagunas, una acción que duda de sí misma y que no se enorgullece de lograr el asentimiento de todos los hombres.

Los modernos no tienen ni el dogmatismo ni la seguridad de los clásicos, ya se trate de arte, ciencia, literatura o acción política. El carácter inconcluso y ambiguo de las manifestaciones artísticas, de las obras literarias y del conocimiento científico moderno puede tomarse como señal de decadencia. Concebimos las obras de la ciencia como provisionales y aproximadas, mientras que Descartes creía poder deducir sus leyes de una vez y para siempre. Los museos están llenos de obras a las que parece que nada pudiera ser añadido, mientras que nuestros pintores entregan al público obras que en ocasiones parecen bosquejos y que son tema de interminables conversaciones y comentarios, ya que su sentido es plurívoco. Las obras literarias o dramáticas modernas ofrecen una variada gama de sentimientos humanos ambiguos y contradictorios, mientras que los clásicos son mucho más simples en este sentido.

Si abandonamos la región del conocimiento y nos adentramos en la vida y la acción, encontramos a los hombres modernos en lucha con ambigüedades impactantes. No existe una palabra del vocabulario político moderno que no haya servido para designar realidades tan diferentes u opuestas: libertad, socialismo, feminismo, democracia. Cada una ha sido reivindicada por partidos y movimientos cuyas acciones son antagónicas.

Si la ambigüedad y la inconclusión están escritas en la vida colectiva y en las obras intelectuales, científicas y artísticas, sería irrisorio responder con una reinstauración de la razón. Podemos y debemos asumir y analizarlas ambigüedades y contradicciones de nuestro  tiempo. Negarlas y ocultarlas en nombre de la razón sería señal de decadencia. Tenemos razones para preguntarnos si la imagen que a menudo nos dan del mundo clásico es algo más que mito o leyenda, si ese mundo no conoció también la inconclusión y la ambigüedad, contentándose con negarle existencia oficial. Lejos de ser un hecho de decadencia, la incertidumbre de nuestra cultura es la toma de conciencia de algo que en verdad siempre existió, sólo que no queríamos reconocer. Leonardo da Vinci dejó obras inconclusas y Cezanne consideraba su pintura como una aproximación a lo que buscaba a pesar de la sensación de conclusión y perfección. Situaciones políticas del pasado, tales como la Revolución Francesa y la Revolución Rusa prometían la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero ello estuvo muy lejos de darse en la práctica.


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