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Beatriz Sarlo: La imaginación técnica - Cátedra Varela


Beatriz Sarlo: La imaginación técnica - Cátedra Varela

La radio, el cine, la televisión: comunicación a distancia:

De los radioaficionados a las broadcastings: Radio Club Argentino en 1921 cuando la radio se hallaba aún en gestación y nadie podía prever que su desarrollo fuera tan violento y los hechos se sucedieran con tal rapidez. El movimiento se convierte en un fenómeno de masas. Radio Cultura aparece en 1923. Cuando Radio Cultura anuncia los 20 mil ejemplares semanales, esta cifra, que podría exagerarse para conseguir avisadores, habla de un público al que, 6 meses después del primer número, ya se le puede pedir el pago de 20 centavos semanales por la revista que hasta allí se distribuía gratis.

En 1923, la locura de la radio se alimenta con varias publicaciones, una exposición en el Luna Park y una red informal de técnicos aficionados. Las revistas aconsejan que no debe gastarse plata en gabinetes de madera ya que el armador aficionado va a ir modificando la conformación de su receptor casi ininterrumpidamente. La radio es la gran maravilla y muchos aficionados, en estos primeros años, tienen una relación en la que el “saber hacer” potencia el disfrute.


En qué reside este potencial inexplorado y supuestamente infinito? En la naturaleza misma del medio técnico: en su carácter fantástico, que materializa hipótesis consideradas hasta entonces ficcionales y “maravillosas”. La radio tiene un poder relacionado con lo inmaterial; sus ondas son invisibles tanto para quien las emite como para quien las recibe; El corte neto entre ciencia y tecnología lo establecen los aficionados. Esto es evidente en el Correo de Lectores, donde las inquietudes técnicas disparan la totalidad de las preguntas y las soluciones técnicas son el eje de las respuestas. Están también los avisos clasificados donde se ofertan aparatos usados, partes, lámparas y servicios como el de rebobinado. La moral pionerística de las revistas de radio es aconsejar la autoconstrucción del receptor, aunque en sus mismas páginas aparecen los avisos de receptores terminados, cuyo precio final duplica el de los auto construidos.


El pionerismo técnico también es evidente en la orientación de los concursos organizados por las mismas revistas para sus lectores que suelen convertirse en colaboradores, reforzando la idea de una comunidad de intereses en la que no se diferencian drásticamente los dos lados del periodismo técnico.
El conflicto de las competencias se resume entre científicos y aficionados técnicos. Por un lado los gobiernos intervienen donde no deberían, actuando con prejuicio frente a las iniciativas independientes de los pequeños y poco poderosos, perjudicando sus intereses al subestimar sus capacidades. Pero también los gobiernos ven que sus objetivos pueden ser burlados por la industriosidad de los aficionados, incluso de los más débiles desde el punto de vista de su capital dinerario o escolar.
La élite del Radio Club, en esta etapa de pionerismo, no aparece como universo social totalmente inaccesible a los aficionados pobres. El éter, en esta etapa de las emisiones y recepciones de radio, democratiza; por otra parte las exposiciones que se repiten todos los años en el Luna Park, en la Sociedad Rural crean una red de contactos donde el “saber hacer” de los aficionados de barrio tiene su peso frente a los miembros de la élite.

Los consejos prácticos hablan de un mundo de aficionados que no tienen recursos económicos ilimitados, sino que están obligados a aprovechar al máximo el reciclaje de materiales. Las notas sobre la transformación de un aparato en otro más potente, las innumerables explicaciones para la autoconstrucción de partes, el intercambio sobre ahorro de materiales, sugieren reflexiones en dos sentidos: está, por un lado, la moral del artesano-aficionado-bricoleur, que es una moral del reciclaje y el aprovechamiento de los desechos, las partes descartadas, lo roto y recompuesto, lo cambiado de función, el arreglo imposible que desafía la inteligencia práctica y la habilidad manual. El éxito, para esta moral, es precisamente obtener los mayores resultados con medios limitados por definición práctica y por economía simbólica. Por otro lado, en el pequeño taller no hay “de todo”; hay lo que hay: piezas que han sido usadas antes, herramientas que no siempre se adecuan a las tareas, un estado permanente de necesidad no angustiosa y de precariedad no miserable. Es un arte del retoque: cuando el receptor está ya armado, comienzan las dificultades, la antemano se orienta, la galena no responde, el dial no es sensible, se quema alguna lámpara, las válvulas fallan. El mundo del taller hogareño es el mundo de los imprevistos y de las soluciones inventadas sobre la marcha.

Pocos años después de este comienzo, el mundo de los aficionados y de las primeras radios se divide en dos grandes sectores. Quedan, por un lado, los radioaficionados, buscadores nocturnos y sistemáticos de los mensajes lanzados al éter por otros aficionados. A este circuito seguirán perteneciendo los aficionados habilidosos, los armadores y desarmadores de aparatos caseros, los lectores de revistas técnicas. Por otro lado, aparece el grupo de los que son solamente oyentes de radio y para quienes la radio ya no es un hobby sino un pasatiempo.

Este es el punto en que la tecnología se vuelve opaca para sus usuarios. Se convierte en un espacio de ensoñación, separado del momento técnico. Se da el comienzo de una nueva etapa en la que la técnica queda en manos de las broadcastings.

La pantalla plateada y sus alrededores: El cine sonoro y el color son los grandes temas comerciales, técnicos y propagandísticos de la segunda mitad de los años ´20; cuando comienzan a llegar las películas norteamericanas habladas. Con alguna nerviosidad, en el Consejo Deliberante se presentan dos proyectos para prohibir el cine sonoro a causa de la desocupación que originaría en el gremio de los músicos locales y de la difusión pública de un idioma extranjero. Este reflejo origina un rechazo generalizado y la revista de divulgación técnica quizá más importante del período le dedica su editorial. El sonoro se anunciaba en las últimas etapas del cine mudo, en primer lugar desde un punto de vista narrativo y estético.

A diferencia de la radio que se expande atravesando las clases sociales, el cine de amateurs queda confinado a “cómodas mansiones”. Si la radio estaba creando no sólo un público y un vasto circuito de aficionados técnicos, el cine prácticamente desde sus comienzos crea una industria y un mundo de espectadores que se relacionan con la técnica cinematográfica sólo de modo imaginario. Las razones son bien sencillas y se apoyan en la diferencia desorbitante de costos y la imposibilidad de producir equipos autoconstruidos. No se trata de instrucciones de armado sino de explicaciones de funcionamiento presentadas como si fueran pasos de un trabajo artesanal efectivamente realizable. Alimentan la imaginación y cierto saber técnico sobre el cine, más que el trabajo efectivo en el taller casero. No hay en la industria lugar para la artesanía. El cine produce un público que mira; construye una mirada y un modo de ver, desvinculado del “saber hacer” que ataba a los aficionados de radio a la práctica.

Adivinando el futuro: En 1928, tanto los diarios como su público están dispuestos a creer en el nuevo invento y en su generalización rápida, según la experiencia de lo sucedido con la radio; se quiere creer que la televisión saldrá próximamente del laboratorio y que la construcción casera de un aparato es casi un hecho asegurado, ya que todas sus partes, menos una “válvula especial”, se encuentran en los negocios de ramo, a pesar de que el costo comercial de lo que se presenta como el primer televisor casero será de 400 dólares.


Las promesas de la televisión son mayores que las de la radio, como teatro hogareño de la recepción a distancia, pero dos años después del optimismo sensacionalista de Crítica, no sólo la televisión no ha llegado sino que en Estados Unidos se discute cuánto tiempo será necesario para un desarrollo que supere la etapa experimental y la convierta en lo que ya es el cine, la radio y el fonógrafo.

Incluso donde hay saberes técnicos, en revistas especializadas y en manuales, se habla de la televisión como esa “realidad indiscutible” a la que se refería Crítica, llamándola también “telecine”. En 1929, se difunde en los comercios de Buenos Aires la oferta de materiales e instrumentos “para tener la televisión en su casa”. Pese al optimismo tecnológico acostumbrado, esta semi-estafa es denunciada por algunas revistas especializadas.


En Abril de 1929, Ciencia Popular publica la foto del “televisor” construido por Duclout. Pese a la desilusión frente a lo que se muestra no deja de hablarse de la televisión. Frente a la eficacia relativamente sencilla de la radio y frente a la perfección del cine que expulsa al aficionado y lo convierte en público, la televisión no es ni lo uno ni lo otro. Pero los sintetiza en el futuro; une los dos milagros en uno solo, el de la imagen a distancia, el de la duplicación visual.

Esta televisión primitiva se apoya en un nuevo efecto mítico: el del aura tecnológica, que define a lo maravilloso moderno, donde la desaparición de los “hilos”, que eran indispensables al telégrafo y al teléfono, convierte las transmisiones en una verdadera comunicación inmaterial.

La radio está ya totalmente incorporada al horizonte cotidiano de saberes. De la televisión, en cambio, se ocupó Duclout. Cuando se habla de televisión aparecen los átomos, los electrones y metales: nombres, procesos y saberes que están lejos de la práctica cotidiana del radioaficionado. Eso la vuelve mucho más excitante porque en ella se descubre el verdadero elemento ficcional de las nuevas tecnologías.

El aura técnica es un fenómeno nuevo, que se produce sólo cuando una zona de la tecnología está suficientemente cerca como para que otra parezca alejada e inalcanzable. La televisión coloca al radioaficionado de nuevo frente al problema de que hay instancias de saber y de “saber hacer” que desbordan sus posibilidades técnicas y sus conocimientos. El gigantismo del aparato de televisión construido por Duclout decepciona a muchos porque esperaban más: un cine a distancia, sonido, movimiento, precisión de foco en la imagen, contornos definidos, luminosidad y gran superficie. Sin embargo, en la decepción se esconde el futuro.

El continuum fotografía-radio-cine-televisión tiene una base en lo realmente producido y una tensión hacia lo que aún no existe como posibilidad real dentro de los marcos tecnológicos de la época. La locura de la radio sintetiza lo que va a haber y lo que ya es posible, dando una prueba de que los deseos y las fantasías tecnológicas son capaces de desbordar eficazmente sobre la vida cotidiana. Esta mezcla de posibilidades futuras y logros presentes genera una dimensión donde las razones de la técnica refuerzan las expectativas de la imaginación.

Médicos, curanderos y videntes: Se configura un campo mitológico que va a persistir en la prensa hasta la actualidad. En los años ´20, consolidada una prensa de masas, encuentran un lugar más público que el del relato y las tradiciones orales. La radio y la telegrafía sin hilos demuestran que se han superado los obstáculos de la materia y se ha abierto una época donde las percepciones no están sujetas al límite corporal de los sentidos, ni al límite físico de sus extensiones: cuando sonido e imágenes se difunden por conductos invisibles e inmateriales, todo un sistema de equivalencias puede edificarse a propósito de otras transmisiones y recepciones a distancia.

Para muchos, lo maravilloso técnico despierta el deseo de conocer las leyes nuevas de un progreso que se impone contradiciendo el sentido común y afirmando viejos mitos (hablar con quien no está ante nosotros, escuchar la voz de alguien que se ha muerto). Estas nuevas formas de lo nuevo evocan otras formas antiguas: la videncia, la mirada profunda del adivino y el curandero, los milagros, etc.

Viejos conocimientos se reciclan de manera democrática. Se venden cursos de radio por correspondencia, se ofrecen cursos sistemáticos en diarios como Crítica y diccionarios técnicos en varias publicaciones; pero también se ofrecen cursos de autoayuda y autosugestión como en caso de Ciencia Popular, un completo manual de hipnotismo casero publicado en entregas. Con firmeza se asegura que, al ser el hipnotismo una técnica, no sólo cualquiera puede adiestrase en ella, sino que “no es necesario poseer una cultura superior para realizar cosas sorprendentes”. El curso aparece en una revista que se ocupa casi exclusivamente de nuevas tecnologías, y el viejo hipnotismo queda reciclado en este marco de modernidad. Todos pueden hipnotizar y de lo que se trata es de que aquellos que lo hacen no engañen, disfrazando un saber perfectamente transmisible, a quienes todavía no se han enterado de esta distribución universal de la capacidad de sugestión.

Las noticias que repercuten en Buenos Aires relatan experiencias parapsicológicas controladas por científicos provocan la discusión pública entre científicos, sobre todo a partir de conversaciones de figuras célebres como Conan Doyle.

En este horizonte de discursos se combinan frente a los ojos del público en un festín de novedades sensacionales, los anuncios de fenómenos inmateriales con la difusión de los principales espiritistas promovidos por las sectas locales.

La masa de artículos publicados es tan heterogénea como el origen de las noticias, pero prevalece el efecto general de que algo está sucediendo en esa dimensión poco conocida de las relaciones espirituales, animísticas o astrales. Paralelamente, los diarios toman a su cargo la denuncia de las supercherías promovidas por falsos videntes y adivinos, trazando así una línea de diferenciación entre la parapsicología y el espiritismo “respetable” y los farsantes que simulan materializaciones y aseguran comunicarse, previo pago, con los muertos. Sin embargo, los mismos diarios también registran sin excesiva ironía la visita de videntes y mediums.

La fantasía científica, que el periodismo difunde mezclada con noticias probables, posibles, reales según el caso, encuentra un espacio preparado para recibirla, a condición de que no se expulsen de ese espacio, otras creencias anteriores. Los discursos se cruzan y todos parecen reforzarse para hablar de lo mismo.

El milagro y la superchería: En 1923, Crítica se ocupa del tema casi cotidianamente y publica datos, direcciones, nombres, interpelando directamente a la policía y acusándola de una sospechosa inmovilidad frente a un campo delictivo en el que convergen también espiritistas, videntes, manosantas, prostitutas y proxenetas.

Arlt opone el negocio de la medicina oficial a un método que despierta las rivalidades de los practicantes establecidos precisamente porque es barato y también porque su eficacia puede comprobarse de inmediato, impidiendo así los largos tratamientos con los que los médicos entretienen a sus pacientes hasta la muerte.

La parábola de Asuero es bien característica de cómo los diarios masivos procesan el material de sus noticias: la mezcla de información científica actualizada, que incluye una encuesta a la ciencia médica en Argentina, realizada en Crítica en 1926, alterna con el seguimiento de las curiosidades médicas y las curas milagrosas.

¿Qué se construye con todo esto? Sobre un espacio dispuesto a la creencia en que todo es posible, se despliega un conjunto de datos probados, probables, insólitos, inverosímiles que, en lugar de anularse, se refuerzan unos a otros.

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