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Informar no es comunicar - Wolton - Comunicación I - Cátedra Mangone


Comunicación I - Cátedra Mangone 

Wolton

Informar no es comunicar

La abundancia de informaciones es perjudicial

La información no crea comunicación.
En un siglo, el proceso de las técnicas fue de tal magnitud que hemos terminado por homologar proceso técnico con proceso de comunicación. Lenta y firmemente se profundiza la distancia entre técnicas cada vez más eficientes y una comunicación humana y social por fuerza más aleatoria.
La mundialización de las informaciones no es más que el reflejo de occidente. No hay equivalencia entre el Norte y el Sur: la diversidad de las culturas modifica radicalmente las condiciones de recepción. Si las técnicas son las mismas, los hombres, de un extremo al otro del planeta, no se interesan por las mismas cosas… ni hacen el mismo uso de las informaciones. La abundancia de estás últimas no simplifica nada y lo complica todo.
Esta mundialización de las comunicaciones ha conocido tres etapas:

        La primera se relaciona con la conquista del territorio entre los siglos XVI y XVIII.
        La segunda entre el XVIII y el XX, correspondió a la explotación física del mundo según un criterio que presuponía su carácter ‘infinito’.
        La tercera etapa nos pone frente al hecho de que el mundo es finito, frágil, y de que los problemas de convivencia entre pueblos y culturas se han vuelto predominantes.

Para comprender la importancia de la dimensión cultural en la comunicación es preciso volver a las propias características de esta última. Tres dimensiones: la técnica, la política y las condiciones socioculturales. Las dos primeras evolucionan con rapidez y de modo paralelo, la tercera es la más completa y de más lenta instalación. Para que se produzca una ‘revolución’ en la comunicación, es preciso que haya una ruptura en los tres niveles.
Esta tercera fase de la mundialización que se suponía iba a hacernos el mundo más familiar, por el contrario, nos hace tomar conciencia de nuestras diferencias. Esto es a causa de que los receptores no es encuentran en el mismo espacio-tiempo que los emisores y como los emisores difunden desde el Norte, los receptores rechazan una información forzada en el molde occidental y que es vivida como un imperialismo cultural. Consecuencia de ellos es la primacía de los factores socioculturales: el mismo mensaje dirigido a todo el mundo jamás será recibido de la misma manera por unos y otros.
El punto de partida del siglo XXI: la ruptura entre información y comunicación. La información está ligada al mensaje y presupone su aceptación. La comunicación, en cambio, pone el énfasis en la relación y cuestiona, por tanto, las condiciones de la recepción.

El choque de culturas

El mundo es finito, pero la diversidad de puntos de vista sobre él es infinita.
El problema que se plantea es el de que las condiciones de pasaje de la información (el mensaje) a la comunicación (la relación). Entre ambas está la cultura. ¿Bajo que condiciones pueden convivir las culturas?
El problema es ante todo político, ¿qué impacto produce un número creciente de información sobre un número creciente de individuos? Hay, en la cabeza de millones de individuos, una negociación permanente entre la concepción del mundo que heredaron de su cultura y el modo en que las informaciones recibidas la modifican. Y tales difusiones agudizan el sentido crítico.

La historia, siempre…

Cuando limitaron la revolución producida en este plano a una simple cuestión técnica o económica, sin abordar de frente la cuestión cultural, dejaron al sujeto a un costado. Cuando aparecieron la radio y luego la televisión la comunicación se hizo sinónimo de comercio, marketing. Sin embargo, no hay comunicación sin inteligencia de los públicos, es decir, sin capacidad para filtrar y jerarquizar los mensajes. Cuanto más eficientes son las herramientas, menos controlable es la comunicación.
Se produce una ruptura entre el siglo XX y el XXI. En el XX, la técnica se impuso sobre la cultura, después el triunfo de la economía. Finalmente, tuvimos 20 años de ideología liberal y desregulación.
El comienzo del siglo XXI ilustra esta inversión radical. Tomamos conciencia de los estragos causados por el liberalismo sobre la cultura y la comunicación, y comprendemos que ambas dependen de la acción política. En los países ricos primero, con miras a un mínimo de regulación y de respeto por las diversidades culturales. En el diálogo Norte-Sur después, con miras a un nuevo equilibrio en la circulación de los flujos informativos, ya no se trata de producir y difundir: lo principal es que los individuos, las colectividades y los pueblos las acepten.
Es la revancha de la cultura y la política sobre la técnica y la economía.

Movilidad e identidad

Movilidad e identidad son las dos caras de la modernidad. Es el mismo fenómeno que plantea la comunicación. Más comunicación, más intercambio interacción hay y por tanto más movilidad, y más necesaria es la identidad, de modo simultáneo. El modo de concebir las nociones de identidad y movilidad no es el mismo en todas partes.
Cuanto más circulan los individuos, cuanto más se abren al mundo participando en la modernidad y en una suerte de ‘cultura mundial’ más necesidad experimentan de defender su identidad cultural, lingüística y regional. Los individuos necesitan las dos cosas: comunicación y cultura.
Hay una mundialización de las técnicas y las industrias en materia de información y comunicación, pero no hay comunicación mundializada. El mismo mensaje enviado a todos no es recibido de la misma manera en todas partes. La radio y la televisión  no fueron instrumentos totalitarios. Cuantos más mensajes hay, más prevalecen las condiciones culturales de la recepción.
El Sur se insurgirá contra esta colonización mental en nombre de sus culturas e identidades.
Occidente no puede contraponer la modernidad de su postura al costado arcaico de las reacciones culturales e identitarias del Sur.
¿En qué condición organizar la convivencia pacífica de las culturas? O bien se logra enlazar de manera satisfactoria comunicación, movilidad, identidad y cultura, o bien se subestima la complejidad del problema y cabrá esperar entonces nefastas consecuencias para la identidad.

Funcional y normativo

Si la cultura y la comunicación hacen al meollo de las industrias mundiales, con el creciente riesgo de contradicciones, son también valores de base del humanismo occidental.
La cultura y la comunicación pueden estar del lado de los valores como de los intereses, de la racionalización como de la emancipación, de la lucha política como de la economía de mercado.
La dimensión funcional remite simplemente al hecho de que, en la sociedad, todo se intercambia. Es funcional lo que se presta un servicio. A la inversa, la dimensión normativa remite a un ideal, ideal de reparto, comprensión, intercambio con el otro en el sentido de comunión. En la información, la comunicación y la cultura existe siempre esta dualidad por la que ambas dimensiones se han conjugado. El ideal nunca está lejos de la necesidad. De ahí que exista un margen de maniobra.
El interés de la modernidad como concepto central de nuestras sociedades está en que admite las aspiraciones opuestas de los individuos y en que procura tolerarlas.
Reaparece aquí la complejidad de la cultura y la comunicación. Ambas son vectores de emancipación, matriz de industrias florecientes y al mismo tiempo vías para un retorno identitario.
Si comunicación y cultura no fueran siempre portadoras de esta doble dimensión, no habría enfrentamiento. Las industrias culturales pueden imponer modas, pero no controlar las culturas.

Pluralismo y universalismo

La apuesta cultural no sería tan fuerte de no haber existido, desde hace un siglo, esa batalla por la libertad de información y comunicación. El éxito de las técnicas comunicacionales en el plano mundial aceleró la concienciación de los límites de la cultura mundial y la necesidad de preservar los vínculos entre culturas e industrias nacionales.
“La cultura debe ser considerada como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o grupo social; […] ella engloba, además de la artes y las letras, los modos de vida, las formas de convivencia, los sistemas de valores, las tradiciones, las creencias”
Se trata de una nueva definición de la cultura. La cultura engloba todos los elementos del entorno tradicional o contemporáneo que hacen posible situarse en el mundo. La cultura se convierte en un fenómeno mucho más complejo y dinámico. Se mantiene como un factor de estabilidad.
Podemos indicar tres etapas en el proceso de apertura de la comunicación y la cultura. La mundialización de las técnicas fue al principio un formidable agente de apertura, desde el teléfono hasta la radio, la televisión, la computadora. En la segunda etapa las diferencias culturales deben ser objeto de una atención particular. La tercera etapa corresponde a la toma de conciencia de los límites que es preciso imponer a dicha mundialización.

Por último, el receptor…

Durante muchísimo tiempo los periodistas construyeron la información según lo que ellos mismos tenían por justo y verdadero. Hoy el receptor se impone. Es tarea prioritaria reflexionar sobre las necesidades de diversificar la información y sobre los límites que es necesario preservar al tomar en cuenta el punto de vista del receptor.

Las plataformas del futuro

Aceptar la especificidad de las industrias culturales

Las industrias culturales no son como las demás. Son industrias pero su objeto les otorga una condición específica que desborda a la lógica económica.
La información y la comunicación se mostraban más bien como le medio para reestructurar el capitalismo. La información y la comunicación, transversales a todas las actividades económicas y sociales, pasaban a ser el ‘sistema nervioso’ de esta nueva economía mundial en construcción.
La primer ‘revolución mental’ a emprender es meditar sobre los desafíos geopolíticos de la comunicación. Admitir que el problema principal en este sector no es la producción y difusión de un número creciente de información de toda índole, y reconocer más bien que estas industrias administran visiones del mundo y que son inseparables de una reflexión sobre sus condiciones de acogida.

Regular las industrias culturales

En Occidente, la libertad de información está tan ligada a la lucha política por la democracia, que cualquier idea de regulación en este sector es considerada todavía como un atentado a la libertad. Se sabe desde siempre que la libertad de comunicación no puede existir sin leyes que la garanticen, tanto en el ámbito de la cultura y de la comunicación  la ley es condición de la libertad y no destrucción de esta.
Las industrias culturales deben ceñirse de nuevo a su oficio inicial y abandonar la pura lógica financiera. Algunos hasta llegan a decir que la potencia y el poder de lo grupos comunicacionales son garantía de la libertad de información.

Salvaguardar el lazo social

La concentración de las industrias culturales tiene un segundo efecto perverso: la segmentación del mercado en cuantos mercados secundarios se pueda. ¿Cuál es la consecuencia? Una pulverización del lazo social. Esta segmentación constituye un riesgo para la democracia. La comunidad internacional es otra cosa que la suma de las redes y los mercados. Solo los Estados, por dependientes que sean, son capaces de administrar la heterogeneidad social y cultural de las naciones. A ellos les corresponde mantener un mínimo de cohesión entre las diferentes comunidades.
En la Organización Mundial de Comercio reaparece este debate sobre el estatuto de las industrias culturales, entre dos bandos: el de los defensores de un liberalismo favorable a la segmentación, y el de los partidarios de una problemática más universalista y ligada a la preservación de cierta cohesión social más allá de la existencia de comunidades. Quien dice aceptación de una cohesión social, supone la existencia de una regulación que la garantice y de un Estado. El comunitarismo, en cambio, casi no necesita un Estado fuerte.

Alentar el espíritu caído
El cuidado de la regulación pública requiere la firme decisión de imponer un determinado punto de vista sobre el papel del Estado y el interés general. Esta política de conjunto debe dar ocasión para reflexionar sobre el papel del Estado y el interés general y oportunidad para desarrollar entre los ciudadanos un espíritu vigilante que sepa hacer la diferencia entre valores e intereses. Ayer la información era escasa y se la tenía por un valor en sí, por una conquista democrática  y barata. Hoy es abundante se ha transformado en una verdadera mercancía y en consecuencia mucho más cara porque se la segmenta y se la vende sobre soportes diferentes.
La información y la comunicación no son sinónimas, que la cultura debe ser penada de manera más global porque es también la suma de todos los recursos que moviliza el individuo para tratar de vivir en su época. Debe evitarse reducirla a la cultura de élite y mostrar el papel motor de las culturas media y de masas en la sociedad contemporánea. La cultura es el conjunto de actitudes que permiten situarse frente al mundo contemporáneo. Cultura y comunicación justifican crear conocimientos para pensar los desafíos técnicos, económicos, políticos ligados a la expansión de las industrias del mismo nombre.
Crear conocimientos es desarrollar un espíritu crítico que distinga valores e intereses, lógica normativa y lógica funcional en la información, la cultura y la comunicación.

Utilizar las Ciencias Sociales

Las ciencias humanas y sociales tienen también su responsabilidad en la situación mundial. En las ciencias sociales se piensa por medio de las palabras y toda creación teórica esta ligada finalmente a la capacidad de combinar palabras de manera precisa.
Para las ciencias sociales, hablar de cultura es hablar siempre de una relación. La cultura no es nunca estática, es dinámica y su significación evoluciona con el tiempo. No basta multiplicar las conexiones entre sociedades para que el diálogo cultural aumente. Para eso hace falta multiplicar los estudios sobre el mestizaje actual. Comparar es aquí la condición de todo conocimiento.
Las ciencias sociales deberían ser las primeras en subrayar hasta qué punto la problemática de la identidad cultural no tiene nada que ver con lo que había existido antes.
Esta pendiente un enorme trabajo destinado a comprender la amplificación  de la así llamada cultura, la mutación del sentimiento nacional, las relaciones entre Estado y sociedad, las percepciones del Otro, los estereotipos y las representaciones, la apertura hacia las otras sociedades y religiones, la crisis del modelo occidental, la sorda inquietud frente a la mundialización, la mutación en las formas de identidad nacional, el impacto de los medios de comunicación de masas…

Revalorizar la función de los periodistas

Esta información sitúa a los periodistas en el centro de los desafíos de la información mundializada por cuatro razones.

-          Primero, deben pelear para que podamos seguir distinguiendo entre lo que compete a la información-prensa y todas las otras categorías de información ligadas a las bases de datos y al conjunto de los sistemas informáticos en construcción. Jamás puede perderse de vista la distinción entre información-valor e información-mercancía, fundamento de la prensa.
-          Segundo, los periodistas tienen el deber de explicar de manera simple un mundo cada vez más complicado. El oficio del periodista tiene su fundamente en la capacidad de síntesis y clarificación.
-          Tercero, los periodistas deben ser mucho más concientes de la diversidad cultural. Deben permanecer fieles a ciertos valores del oficio y a la vez no olvidar nunca que una información que da rápidamente la vuelta al mundo tiene todas las posibilidades de encontrar públicos cuyas elecciones políticas, culturales y religiosas amenazan en entrar en conflicto con ella y rechazarla.
-          Cuarto, los periodistas deben adquirir capacidad económica para desencriptar las pugnas económicas en torno a su oficio. Las economía amenaza hoy mucho más la libertad de prensa que la política. 

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