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Chiaramonte - Historia Social Argentina y Latinoamericana - Cátedra: López

Chiaramonte – el federalismo argentino en la primera mitad del XIX

El autor describe el periodo en el que, según Ansaldi, se comienzan a dar diversas acciones que terminaran con la conformación de un Estado nacional, una nación y un mercado interno, es decir, con la consolidación del Estado capitalista argentino, en 1880. Ese periodo, que va desde 1810 a 1862, de luchas entre clases dominantes, de enfrentamientos entre diferentes proyectos y alternativas de país, de tensión y ausencia de una identidad común. Según Chiaramonte, un periodo en el que la argentina era, en realidad, un conjunto de pueblos (es decir, no una nación con identidad común, con un mismo origen), de tendencias políticas doctrinariamente poco definidas, que ante la dificultad de llegar a un acuerdo y constituir un gobierno único, conformaron una débil confederación por medio de pactos y alianzas (como lo fue el Pacto Federal de 1831). El pasado colonial en el Interior y la fuerte autonomía de la que habían gozado las provincias durante el virreinato todavía dejaba resabios en la sociedad, lo cual hacia muy difícil que se delegara la soberanía y la potestad de decisión a un gobierno central, sobre todo al bonaerense que siempre había gozado de una situación privilegiada por su ubicación geográfica, cercana al puerto.
Para el autor, la dificultad para construir un Estado nacional, unificado, no solo radicaba en las tensiones interregionales y de clase, sino también en que siempre que se llegaba a algún tipo de acuerdo o pacto se lo consideraba provisional, demorando la indefinición de los rasgos estructurales que tendría ese gobierno central: cuestiones sobre soberanía, identidad nacional, límites territoriales, etc. Esto es lo que hace que exista en la argentina de la primera mitad del siglo XIX una provisionalidad permanente de modelos confederales de gobierno.
Para Chiaramonte, la historia tiene problemas para comprender esta etapa ya que arrastra algunos equívocos teóricos. Eso que se llama Federalismo Argentino, en realidad, no existía para aquel momento de la historia de nuestro país. En primer lugar, el adjetivo “argentino” no permite dar cuenta que, en realidad, no existía una identidad común, una unidad, ni un gobierno unificado que tuviese la potestad de decisión. Esa palabra designa, en todo caso, únicamente a los porteños (como Provincias Unidas del Rio de la Plata), lo cual demuestra el carácter dependiente y subordinado del interior respecto de Buenos Aires. No existían ni una nación ni un estado precedentes y constituyentes.
Por otro lado, la palabra “federalismo” intenta ocultar la real intención de los estados provinciales de mantener su autonomía y su poder tradicional de decisión, por lo menos hasta 1853 (año en que se sanciona la constitución). No pretendían, hasta ese momento, la constitución de un Estado Unificado, nacional, centralizado, sino que optaban por mantener su soberanía y, por ello, se enfrentaban tan duramente a las pretensiones hegemónicas de Buenos Aires, que al liderar el proceso económico quiere también liderar el político. Sin embargo, sabían que no podían ser completamente autónomas debido a que no contaban con los medios financieros para hacerlo y necesitaban de la coparticipación en las ganancias del puerto de las que gozaba Buenos Aires. Esos intentos de limitada unificación se representan en los pactos confederales.
De ese equivoco deriva también el uso del término “provincia”, que define en realidad fracciones de un todo constituyente, subordinadas a esa unidad política mayor. Lo que se había formado antes de 1880 era en realidad una confederación, es decir, una organización de estados independientes, no de provincias de un estado central. “…si consideramos que lo que pretendían… las denominadas “provincias” rioplatenses hacia 1831 era una confederación – como la que surgiría del Pacto Federal de ese año – y no un Estado federal, entonces no queda otra alternativa que considerarlas Estados independientes y soberanos, y no provincias de alguna nación o Estado preexistente”.
La revisión de estos términos da cuenta de que no había una nación que preexista al Estado, no había un todo unificador de las partes.
A partir de 1810 y hasta 1862, aproximadamente, se produce el enfrentamiento entre dos modelos principales de gobierno: uno que afirma que, caído el rey, la soberanía es propia de los pueblos, de las ciudades que antes integraban el virreinato, lo cual dejaría a buenos aires como una ciudad soberana entre las otras. El otro modelo asegura que Buenos Aires tiene un privilegio sobre el resto, dado por su posición en la estructura política-económica del virreinato, por sus mayores recursos y por su carácter “avanzado”, a parir del cual intentan justificar la organización de un Estado nacional bajo su mando.
Chiaramonte se pregunta cómo fue posible lograr que las provincias confederadas admitieran la creación de un Estado soberano, con una soberanía superior a las suyas particulares. Afirma que no fue la suma de pactos confederales ni la “unificación nacional” ni la modificación de las condiciones que habían dado origen a esa débil confederación la que llevo a la centralización de la soberanía sino el creciente poderío de Buenos Aires sobre el resto de los estados confederados. Las “provincias” seguían teniendo esa orientación netamente autónoma pero el desarrollo de las relaciones de producción y la necesidad de integrarse al comercio internacional requerían de una pronta solución y era Buenos Aires la que, por sus “ventajas naturales” tenía una posición de privilegio en esta situación, lo cual la convirtió en el principal obstáculo para que las provincias ejerzan su soberanía. “…con su ubicación geográfica que le daba el control del comercio exterior y de la navegación interior, con los recursos económicos de que disponía y la cultura política que concentraba , a la par de haber sido el gran motivo de escándalo y discordia para el conjunto rioplatense, fue también quizás el principal factor de unión.” La única manera que vieron las provincias de adaptarse a las nuevas condiciones políticas y económicas y no sucumbir en el intento era organizar un Estado centralizado y la única solución para suprimir los privilegios de Buenos Aires era unificarse en una misma organización nacional, que coparticipara y distribuyera los beneficios.


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